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Trabajar como vigilante de seguridad, qué formación y habilidades necesitamos

Cuando pensamos en un vigilante de seguridad, es fácil imaginar a una persona situada en la entrada de un edificio, un centro comercial o una instalación controlando quién entra y quién sale. Sin embargo, detrás de esta profesión existen muchas más responsabilidades de las que podemos apreciar a simple vista. La vigilancia y protección de espacios y personas, la prevención de determinadas situaciones, los controles de acceso y la capacidad para responder correctamente cuando surge un problema forman parte de un trabajo en el que la preparación resulta especialmente importante.

Además, no todos los vigilantes desarrollan su jornada en el mismo entorno. Podemos encontrarlos en centros comerciales, hospitales, aeropuertos, urbanizaciones, eventos, instalaciones industriales y muchos otros lugares. Las circunstancias cambian considerablemente de un servicio a otro y también pueden hacerlo los conocimientos necesarios para desempeñarlo. No es lo mismo trabajar en un espacio por el que pasan miles de personas cada día que realizar labores de vigilancia en una instalación con un acceso mucho más restringido.

Por eso, trabajar como vigilante de seguridad no consiste únicamente en llevar un uniforme y observar lo que sucede a nuestro alrededor. Existe una formación previa, unos requisitos para ejercer y unas funciones reguladas que debemos conocer. A todo ello se añaden habilidades personales que pueden resultar muy útiles en el día a día, desde saber comunicarnos correctamente hasta conservar la calma cuando nos encontramos ante una situación complicada.

Ser vigilante de seguridad es mucho más que observar

Una parte importante del trabajo consiste precisamente en prevenir problemas antes de que lleguen a producirse. La Ley 5/2014 de Seguridad Privada establece entre las funciones de los vigilantes la vigilancia y protección de bienes, establecimientos, lugares y eventos, además de la protección de las personas que puedan encontrarse en ellos. También contempla determinadas comprobaciones, registros y actuaciones relacionadas con el cumplimiento de su misión.

Esto nos ayuda a comprender que la profesión puede exigir una atención constante. Un vigilante debe ser capaz de observar lo que ocurre a su alrededor y detectar situaciones que se salgan de la normalidad, pero también necesita conocer qué puede hacer dentro de sus funciones y cómo debe actuar. La prevención puede ser mucho menos visible que una intervención directa, aunque precisamente conseguir que determinados problemas no lleguen a producirse forma parte del trabajo cotidiano.

Este es uno de los aspectos de la profesión que más fácilmente podemos pasar por alto. Cuando entramos en un centro comercial y vemos a un vigilante, probablemente continuemos nuestro camino sin pensar demasiado en su trabajo, pero esa persona puede estar pendiente simultáneamente de accesos, movimientos, incidencias y comunicaciones. Buena parte de su labor se desarrolla precisamente mientras para los demás parece que no está ocurriendo absolutamente nada.

Para ejercer necesitamos cumplir unos requisitos

La seguridad privada es una actividad regulada, por lo que no basta con encontrar una oferta de empleo y comenzar a trabajar. Para ejercer como vigilante de seguridad es necesario cumplir una serie de requisitos y obtener la habilitación correspondiente, además de contar con la formación necesaria para desarrollar las funciones propias de esta profesión. Entre las condiciones que se tienen en cuenta aparecen cuestiones relacionadas con la edad, la formación académica y la aptitud necesaria para desempeñar este tipo de trabajo. Todo ello busca que quienes desarrollan tareas relacionadas con la vigilancia y la protección cuenten con una preparación previa adecuada.

La formación es precisamente uno de los elementos fundamentales de este proceso. Durante la preparación se trabajan conocimientos relacionados con las funciones profesionales, los aspectos jurídicos y diferentes procedimientos que pueden formar parte del trabajo. La razón resulta bastante sencilla de entender. Si una persona va a responsabilizarse de determinadas tareas relacionadas con la seguridad, necesita saber qué puede hacer, cuáles son sus límites y cómo debe responder ante las situaciones que pueden aparecer durante el servicio.

También debemos diferenciar entre cumplir los requisitos para acceder a la profesión y desarrollar posteriormente nuestra experiencia profesional. Obtener la preparación necesaria es el punto de partida, no el momento en el que dejamos de aprender. Las situaciones que encontramos trabajando pueden ser muy variadas y algunos puestos requieren conocimientos adicionales, por lo que continuar formándonos puede resultar importante a medida que avanzamos profesionalmente.

La capacidad de observación puede convertirse en una herramienta de trabajo

Un vigilante no puede prestar la misma atención a cada pequeño movimiento que sucede a su alrededor, especialmente cuando trabaja en un lugar con una gran afluencia de personas. Por eso resulta importante desarrollar la capacidad de observar el entorno, reconocer aquello que forma parte de la actividad habitual y prestar atención cuando aparece una circunstancia que puede requerir alguna comprobación. Esta habilidad se desarrolla con formación y experiencia y puede mejorar considerablemente con el paso del tiempo.

Observar tampoco significa desconfiar constantemente de todo el mundo. Significa aprender a prestar atención a situaciones, accesos, zonas concretas o comportamientos que pueden necesitar una valoración. En determinados servicios también puede ser necesario utilizar sistemas de videovigilancia, realizar rondas o controlar puntos específicos de una instalación. La tecnología puede ayudar, pero detrás de las cámaras y los sistemas de seguridad sigue siendo necesaria una persona capaz de interpretar correctamente la información que recibe.

A esta capacidad debemos sumar la concentración. Algunas jornadas pueden incluir momentos tranquilos en los que aparentemente sucede muy poco, pero eso no significa que podamos desconectar de nuestro entorno. Mantener la atención durante periodos prolongados no siempre resulta sencillo. Precisamente por eso la disciplina y la capacidad para conservar la concentración son cualidades que pueden tener tanta importancia como aquellas que asociamos de manera más evidente con la seguridad.

La formación puede cambiar dependiendo del lugar en el que trabajemos

No todos los servicios presentan las mismas características. Un aeropuerto, un hospital, un centro comercial o una urbanización tienen necesidades muy diferentes y pueden plantear situaciones específicas. En un espacio con una gran afluencia de público puede resultar especialmente importante la comunicación, mientras que otros servicios pueden requerir conocimientos relacionados con determinadas instalaciones, procedimientos de acceso o riesgos propios del lugar.

Desde el blog de Academia Marín recuerdan que dentro de la formación específica para vigilantes existen especializaciones destinadas a entornos como aeropuertos, puertos, centros comerciales, hospitales, eventos deportivos, urbanizaciones y otros espacios, además de ámbitos relacionados con el transporte de seguridad, la respuesta ante alarmas o la vigilancia con perros. Esto permite entender por qué la preparación profesional puede continuar después de obtener la habilitación inicial y adaptarse posteriormente al tipo de servicio que vamos a desarrollar.

Esta especialización tiene bastante sentido cuando pensamos en las situaciones reales que pueden aparecer durante una jornada. Un hospital, por ejemplo, reúne pacientes, familiares y profesionales sanitarios en circunstancias que en ocasiones pueden resultar emocionalmente complicadas, mientras que un evento deportivo concentra a un gran número de personas durante un periodo relativamente corto. Conocer las particularidades del entorno puede ayudarnos a comprender mejor cómo actuar y qué aspectos requieren una mayor atención.

Saber comunicarnos puede ser tan importante como saber intervenir

Cuando hablamos de seguridad podemos pensar inmediatamente en situaciones físicas o en actuaciones ante una emergencia, pero una parte considerable de muchos problemas comienza y termina con la comunicación. Saber hablar con una persona alterada, explicar una norma con claridad o pedir que alguien siga una determinada indicación sin aumentar innecesariamente la tensión son habilidades que pueden resultar extremadamente útiles.

La comunicación también tiene importancia cuando debemos transmitir información a compañeros, responsables o servicios externos. Explicar rápidamente qué está sucediendo, dónde ocurre y qué ayuda puede ser necesaria facilita la coordinación. En una situación de tensión, transmitir información confusa puede dificultar la respuesta, mientras que hacerlo de forma ordenada puede permitir que otras personas comprendan mucho antes lo que está ocurriendo.

Entre las habilidades que pueden resultar útiles para un vigilante encontramos la capacidad de mantener la atención y observar lo que sucede a su alrededor, comunicarse de manera clara y respetuosa y conservar la calma cuando aparece una situación de tensión. También es importante saber seguir los protocolos y procedimientos establecidos, trabajar de forma coordinada con otras personas, tener capacidad para resolver problemas y adaptarse a las características de los diferentes servicios. A todo ello podemos sumar la disposición para continuar aprendiendo y actualizando conocimientos a medida que adquirimos experiencia.

Ninguna de estas cualidades funciona completamente por separado. Una persona puede ser muy observadora, pero necesitar mejorar su manera de comunicarse. Otra puede desenvolverse perfectamente hablando con el público, pero necesitar adquirir experiencia para reaccionar con mayor rapidez ante determinadas situaciones. La preparación profesional también consiste en identificar estos aspectos y continuar mejorándolos con el tiempo.

Mantener la calma es especialmente importante cuando aparece un conflicto

Un vigilante puede encontrarse con personas enfadadas, discusiones, intentos de acceso a zonas restringidas o situaciones en las que alguien no quiere seguir una determinada indicación. En esos momentos, reaccionar impulsivamente puede aumentar el problema. Mantener la calma permite valorar mejor lo que está sucediendo, comunicarnos de manera más clara y decidir qué actuación corresponde dentro de nuestras funciones.

Esto no significa permanecer pasivos ante cualquier circunstancia. Significa diferenciar entre actuar con rapidez y actuar precipitadamente. Podemos necesitar una respuesta inmediata y, aun así, conservar el control suficiente para seguir el procedimiento correspondiente. La experiencia puede ayudarnos mucho en este sentido porque permite reconocer situaciones que ya hemos encontrado anteriormente y responder de una forma más ordenada.

También debemos recordar que muchas intervenciones tienen lugar delante de otras personas. Pensemos en una discusión en un centro comercial, una incidencia durante un concierto o un problema en la entrada de un edificio. La manera en la que el profesional se comunica puede influir en cómo evoluciona la situación. Hablar con claridad, evitar provocaciones y mantener una actitud profesional puede contribuir a reducir tensiones antes de que el conflicto vaya a más.

Cada lugar de trabajo puede exigirnos habilidades diferentes

Una de las particularidades de esta profesión es la cantidad de espacios en los que puede desarrollarse. Podemos trabajar en edificios de oficinas, instalaciones industriales, centros comerciales, urbanizaciones, hospitales, eventos y otros lugares. Aunque las funciones generales estén relacionadas con la vigilancia y la protección, el día a día puede ser bastante diferente dependiendo del destino.

En un centro comercial podemos encontrarnos continuamente en contacto con trabajadores y visitantes, por lo que las habilidades sociales adquieren bastante importancia. En una instalación industrial puede ser necesario prestar una atención especial a accesos, vehículos y determinadas zonas restringidas. En un evento multitudinario, por su parte, la concentración de personas y los movimientos de entrada y salida pueden generar circunstancias completamente diferentes. Cambia el escenario y también cambia parte de aquello a lo que debemos prestar atención.

Por eso la capacidad de adaptación resulta tan importante. Podemos adquirir experiencia en un determinado servicio y después encontrarnos trabajando en otro con unas características distintas. Evidentemente, muchas habilidades siguen siendo útiles, pero tendremos que conocer el nuevo entorno, sus normas, sus puntos de acceso, sus procedimientos y sus riesgos particulares. Cuanto mejor comprendamos el lugar en el que estamos trabajando, más sencillo será interpretar aquello que sucede durante nuestra jornada.

La formación no termina cuando empezamos a trabajar

Conseguir la habilitación necesaria para ejercer no significa que ya conozcamos todo lo que necesitaremos durante nuestra trayectoria profesional. La seguridad evoluciona, aparecen nuevas herramientas, cambian determinadas normas y los procedimientos pueden actualizarse. Además, nuestra propia carrera puede llevarnos hacia servicios que requieren conocimientos diferentes a los que utilizábamos cuando comenzamos.

La experiencia cotidiana también se convierte en una fuente de aprendizaje. Cada incidencia puede enseñarnos algo sobre comunicación, observación, coordinación o aplicación de procedimientos. Esto no significa aprender únicamente mediante errores, sino aprovechar aquello que vivimos para mejorar nuestra manera de trabajar. Escuchar a compañeros con experiencia y participar en actividades de actualización puede ayudarnos a desarrollar capacidades que resultan difíciles de adquirir únicamente estudiando teoría.

Trabajar como vigilante de seguridad requiere, por tanto, bastante más que presencia física. Necesitamos formación, conocimiento de nuestras funciones, capacidad de observación, responsabilidad, comunicación y disposición para seguir aprendiendo. No todas estas habilidades se adquieren el primer día y muchas se desarrollan progresivamente con la práctica. Al final, prepararnos para esta profesión significa entender que la seguridad no consiste solamente en reaccionar cuando aparece un problema, sino también en observar, prevenir, comunicarnos correctamente y saber cómo actuar cuando realmente sea necesario.

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