A veces las cosas se pueden torcer en casa y justo lo que menos apetece es acabar en un juzgado con abogados gritando y papeles por todas partes. Una separación, la custodia de los niños, una herencia que divide a hermanos. En resumidas cuentas, líos familiares que acaban por destrozar relaciones de muchos años.
Justo ahí es donde entran en juego los servicios que se dedican a la mediación familiar, que es una opción tranquila y práctica que muchas personas desconocen, pero que han ido cambiando la manera en la que se solucionan estos problemas. No es una terapia de grupo forzada ni magia, pero sí un espacio neutral en el que las dos partes hablan claro, se escuchan y llegan a acuerdos buenos para todo el mundo.
Conociendo más sobre la mediación familiar
Los expertos de Mediación Santander creen que las personas deben ver la mediación como un árbitro imparcial que ayuda a negociar sin que ello acabe en una guerra. Por lo general, el mediador, que suele ser un abogado, trabajador social o psicólogo con formación específica, acaba organizando sesiones en las que las dos partes se sientan a la mesa.
No hay juicios ni sentencias impuestas. El objetivo es que las partes encuentren soluciones que sean buenas. Se utiliza en los divorcios o en las separaciones, pero también podemos verlo en las custodias compartidas, pensiones, herencias, etc. La confidencialidad absoluta es de las primeras cosas que llaman la atención. Lo que se dice en la sala se queda ahí. No existen ni grabaciones ni testigos que lo vayan a repetir en un juicio.
Esto termina por crear un ambiente en el que se puede soltar lo que uno lleva dentro sin temor a que pueda ser utilizado en tu contra. El mediador no toma partido y su papel es ayudar al diálogo, aclarar los malos entendidos y proponer opciones cuando os ataquéis.
¿Cómo funciona a nivel práctico?
Todo comienza con una llamada o correo electrónico a un servicio de mediación. Los hay públicos y privados. Lo que hacen es citarte para una sesión informativa gratuita en la que te van a explicar el proceso y ves si te encaja. En caso afirmativo, puedes firmar el acuerdo de mediación y arrancas. Esto sería el escenario ideal y de esta forma no pierdes más tiempo, porque lo que interesa es ir avanzando cuanto antes mejor para que se llegue a un acuerdo.
Las sesiones tienen una duración de hora y pico, por espacio de una o dos semanas. El mediador comienza resumiendo lo hablado antes y fijará el orden del día. Tal día se toca la custodia y la siguiente la pensión. Cada uno habla sin que se le interrumpa, el otro escucha. En el caso de que haya niños, se les escuchará por separado en un espacio debidamente adaptado, ya que sus opiniones pesan bastante.
No siempre llega el acuerdo la primera vez
En ocasiones no hay siempre acuerdo al primer intento. Puede haber pausas, enfados, lágrimas… Lo cierto es que el mediador es un profesional que sabe también calmar las aguas. Sabe que, aunque hay cosas que pueden doler, lo que hay que centrar en es en lo que pueda beneficiar más a los hijos, por ejemplo. Al final, se redacta un convenio por escrito que tiene valor legal en el caso de que sea homologado por un juez.
El mayor beneficio es la tranquilidad mental
Aquí lo más importante es el tiempo que uno se ahorra. Los divorcios por la vía judicial se pueden eternizar, con muchas vistas, apelaciones y demás. La mediación puede solventarlo en meses, a veces semanas. Por ejemplo, en lugar de esperar una sentencia para ver a los hijos, lo mejor es acordar un calendario para las vistas que comience ya.
Después está el dinero, puesto que hay mucho gasto en abogados, procuradores, tasas. Un juicio familiar sale por un pico. Las mediaciones son mucho más baratas: sesiones compartidas, sin horas extras gastadas en letrados. Cuando hay un acuerdo rápido, se paga poco y ahorras mucho en disgustos.
Eso sí, el beneficio más importante es el impacto que todo tiene en los niños. En un juicio, los peques quedan como si fuesen peones en un tablero, donde hay padres enfrentados y abuelos tomando partido. Con la mediación los niños pasan a ocupar el centro. Se puede escuchar su voz, diseñándose un plan que lo que hace es minimizar los cambios y fomentar que los padres sigan con su vida. Un plus más es que las relaciones pueden repararse. Es cierto que no siempre termina uno como amigo del ex, pero que al menos la cosa acabe sin un odio visceral.
Existen casos en los que los divorciados acaban colaborando en una serie de decisiones familiares después de unos años. Cuando hay herencias o conflictos entre hermanos, lo mejor es evitar las rupturas definitivas. No hay que olvidarse de la flexibilidad. Los jueces imponen lo que piensan que es mejor dependiendo de la ley. En el caso de la mediación, las personas pueden diseñar lo que mejor cuadre. Hablamos de justicia a la medida, de lo más humana.
Mediación más allá del divorcio
Aunque solemos pensar en la mediación y el divorcio, lo cierto es que ayuda también en otros campos, como por ejemplo ese primo que no paga la parte de su chalé. Existen abuelos separados de los nietos por pleitos que se producen entre padres e hijos.
Hay familias monoparentales que se pelean por pensiones atrasadas. Incluso reconciliaciones, donde las parejas en crisis median para salvar el matrimonio. Cuando hay herencias complejas, pueden evitarse las subastas judiciales si los hermanos llegan a un acuerdo.
El papel del mediador
No estamos ante un terapeuta ni un juez, hablamos de un catalizador, que sabe de lenguaje corporal. Se desbloquean las emociones sin dramas y se dice que todo buen mediador utiliza metáforas.
Luego de haber hablado de este tipo de servicios, ahora ya sabes en qué debes fijarte, puede ser una buena alternativa para tu caso.