Los mayores se niegan a desligarse de su lugar de residencia.

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Señora mayor

Las personas mayores se niegan a dejar atrás su casa, su barrio, su pueblo y el lugar en el que han vivido. Parece una cuestión de sentido común, pero cuando nuestros familiares se hacen mayores y les asedia la enfermedad tendemos a trasladarlos de ciudad o internarlos en una residencia alejada del lugar en el que han vivido, pensando que estarán mejor cuidados.

Sofía tiene casi 80 años. Vive en un pueblo de La Mancha y sus hijos han terminado viviendo fuera. Dos de ellos en Valencia y otro en Madrid. Desde que murió su marido, dos de sus hijos están empeñados en que se vaya a vivir a Valencia, para que la puedan cuidar. Dicen, que si hace falta, alquilarán un piso cerca de donde vive uno de ellos.

Sofía pasa algunos meses en Valencia en casa de sus hijos. Uno de ellos hasta le ha buscado unas amigas, las tías de su pareja, que son de su misma edad y con las que suele quedar para tomar café de vez en cuando. Pero Sofía se niega a abandonar su pueblo. Dice que allí es donde ha vivido, donde está enterrado su marido y donde conoce a todo el mundo. El pueblo y su casa están llenos de recuerdos. Los recuerdos de toda una vida.

Para los hijos es un incordio. Por cuestiones de la edad, Sofía tiene visitas al médico periódicamente. Los hijos no quieren que vaya sola. Tienen que organizárselo para acompañarla y coger el coche para hacer cientos de kilómetros en visitas de unos pocos días.

Esta es una situación más habitual de lo que nos pensamos. En ocasiones no hay tantos kilómetros de distancia, pero si aparece esa intención por mover a la persona mayor de su ámbito para que pueda estar mejor cuidada. ¿Es correcto actuar así?

Una vida con raíces.

Una encuesta efectuada por la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) pone de manifiesto que el 82% de los mayores quieren envejecer en su casa. La encuesta se ha realizado por medio de entrevistas a 1.300 personas de ambos sexos con edades comprendidas entre los 65 y los 84 años, repartidos por distintos lugares de la geografía nacional.

De los encuestados, un 93% son propietarios de su propia vivienda, un 4% vive de alquiler y un 3% reside en casa de familiares.

El deseo de vivir el máximo tiempo en su propia casa fluctúa entre el 80 y el 90% entre las personas mayores; todo eso teniendo en cuenta que casi un 68% de ellos necesitan algún tipo de ayuda sociosanitaria para realizar una vida normal. Una asistencia, que suele ser domiciliaria, y que va desde ayudarles a limpiar la casa o hacer la compra, hasta situaciones de dependencia.

Respecto a la posibilidad de internarlos en una residencia, no lo ven como una desgracia Ellos no lo conciben como una expresión de abandono por parte de sus hijos, como se podía entender en otros tiempos; pero si lo consideran como uno de los últimos recursos. Si su estado de salud es complicado y no pueden valerse por sí mismos, entienden que les puedan internar en un centro geriátrico, pero prefieren que ese centro esté próximo a su lugar de residencia. Donde han vivido siempre.

El apego de nuestros mayores a su casa no es solo un reflejo de autonomía y de independencia; sino vínculo que les une con el pasado y con su propia vida. Esto se da en unas circunstancias en las que la vida de nuestros mayores no es sencilla.

El deseo de volver al pueblo.

Otra tendencia que se aprecia entre las personas mayores es el deseo de regresar a su pueblo, una vez se han jubilado. El anhelo de cerrar el círculo. La persona mayor, que ha vivido y ha formado una familia en la ciudad, vende su piso, y regresa al pueblo en el que vivió de niño y con el dinero obtenido por la venta, compra una casa nueva o reforma la de sus padres. Consideran su pueblo como su ámbito natural, pero aquel pueblo en el que nacieron no es el mismo, ni tampoco lo son ellos.

Según el Instituto Nacional de Estadística, en la década de los 60, más de 3 millones de personas emigraron del campo a la ciudad. Este fenómeno migratorio, el mayor que se ha dado en la historia reciente de nuestro país, se prolonga, aunque con menor intensidad, hasta 1975.

Es un movimiento demográfico que cambia en esencia la distribución interna del país. España deja de ser un país básicamente rural, para concentrar la mayor parte de su población en las ciudades. En 1950, el 60% de la población española vivía en pueblos; y en la actualidad, el 83% reside en ciudades de más de 100.000 habitantes.

Entre estos inmigrantes, que son nuestros padres y abuelos, no hay una ruptura con sus pueblos de origen. Si hay proximidad geográfica, como sucede en ciudades industriales que absorbieron su entorno rural como Zaragoza o Valladolid,  los inmigrantes visitaban su pueblo casi todos los meses. En traslados más lejanos, como irse a vivir a las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, a la costa o a las zonas industriales, como el País Vasco o Cataluña, volver al pueblo era el destino principal de vacaciones.

En aquella generación, no hay una ruptura significativa con el lugar de procedencia. Es más, en cuanto tienen ocasión, muchos regresan a vivir a su pueblo, aun siendo conscientes de que van a tener menos servicios que en la ciudad.

La soledad entre los mayores.

Estos es uno de los problemas de fondo que afectan a nuestros mayores y que atañen tanto a las personas que viven en las ciudades como a los que regresaron a los pueblos. Se calcula que más de 2 millones de personas mayores de 65 años viven solos en nuestro país. 850.000 son mayores de 80 años. Una cantidad significativa.

Muchas veces es una soledad consciente. En cierta manera, buscada. El mayor decide llevar esa vida. Esto no quiere decir que no tenga efectos sobre su salud física o mental. La soledad tiende a desarrollar el auto-abandono. La persona que vive sola se preocupa menos por su alimentación y tienen más dificultades para seguir pautas de autocuidado que tiene que ver con la salud. Esta soledad puede llevarlos al aislamiento social, a incubar principios de depresión y puede acelerar el deterioro cognitivo.

Lo que más preocupa a las personas mayores que viven solas es tener un accidente o una crisis de salud y no tener a nadie cerca que les ayude.

Es cierto, que en los pueblos la soledad se siente menos. El entorno rural es más dado a tejer redes de apoyo. Pero también no es menos cierto que hay un mayor envejecimiento de la población en los pueblos que en las ciudades. En algunos pueblos de España, entre el 50 y el 70% de la población son mayores de 65 años. Muchos pueblos se están convirtiendo en una especie de sociedades geriátricas, pero sin los medios necesarios para poder atenderlos.

Algunos pueblos, especialmente en lo que se ha dado en llamar la España Vaciada, el hospital más cercano se encuentra a más de 50 kilómetros de distancia.

La asistencia a domicilio.

La asistencia a domicilio es una de las soluciones que se están adoptando para paliar estos problemas.

El ayuntamiento de Sevilla puso en marcha hace unos años un programa curioso en este aspecto. Son las Brigadas SAD en los barrios. SAD son las siglas de Servicio de Atención a Domicilio, y consisten en un equipo de asistentes, la mayoría de ellos formados por mujeres, que visitan cada día el domicilio de personas mayores que viven en la zona que tienen asignada. Estas personas les ayudan a hacer la compra, les hacen recados o le acompañan al médico. Cada día hacen una ruta por las casas comprobando que todo está bien.

En Molins de Rei, un pueblo de Barcelona, Carmen, una señora con problemas de movilidad que vive sola, recibe la asistencia de dos personas. Una se la ha asignado los servicios sociales. Y la otra es una chica que han contratado sus hijos y que todas las semanas acude dos días para ayudarle a mantener la casa limpia y asistirle en las tareas domésticas.

Con las dos, Carmen se lo plantea de la misma manera. Cuando las asistentas vienen a verle les prepara un café y unas pastas, y se quedan un rato hablando de sus cosas. Lo que más demanda Carmen es compañía y la asistencia a domicilio se lo proporciona.

Ha intentado vivir con su hija y su nuero un par de veces, pero se siente más a gusto en su propia casa. Allí va a su ritmo, hace lo que quiere, y aunque hay momentos en que se siente sola, tiene el teléfono a mano o las visitas de las asistentas para suplirlo.

Residencias cerca de casa.  

Otra de las soluciones, cuando no hay otra opción, es ingresar a la persona mayor en una residencia cerca del lugar donde ha vivido. Los directores de la Residencia Nuestra Señora del Rosario, una residencia de mayores abierta desde el año 2000 y ubicada en el centro de Valladolid, ponen hincapié en lo importante que es que los residentes no rompan sus vínculos con el lugar donde han hecho su vida.

Cuando la familia viene a visitar al residente, tienen un tiempo para estar con él en la calle. Para la persona mayor es importante sentarse a tomar un café en la terraza de una cafetería que frecuentaba cuando era más joven. O recorrer esas calles por las que ha pasado tantas veces. Sentarse en el banco del parque, donde no hace tanto tiempo, se sentaba con su nieto. Estos detalles le conectan con su vida. Siente que no hay una ruptura con su pasado. Perciben la vida en la residencia como algo más normal, más natural.

Aunque con frecuencia las personas ingresadas en las residencias tienen problemas de salud, muchas veces relacionados con el deterioro cognitivo, son conscientes del lugar donde se encuentra el centro. Si ese lugar está cerca del sitio en el que han vivido, se sienten reconfortados.

No es un tema menor. A esas alturas, la vida es un cúmulo de experiencias, y en una generación donde era tan importante echar raíces, no desligarse por completo del lugar donde decidieron vivir, les hace sentirse mejor.

Estas residencias, por su ubicación y accesibilidad, facilitan las visitas de la familia y los seres queridos. Lo cual va a mejorar el estado de ánimo del residente.

En el caso de tomar la decisión de ingresar a un familiar nuestro en una residencia de mayores, el factor de la ubicación es un criterio importante para seleccionarla.

Respetar la decisión de nuestros mayores.

Cuidar de nuestros mayores es una responsabilidad social. Sin embargo, hay casos en que los hijos u otros familiares nos excedemos en esa responsabilidad. Adoptamos una posición paternalista. Decidimos sobre nuestros padres sin tener en cuenta su opinión. Porque los vemos débiles, principalmente por la salud, o porque pensamos que somos los que mejor sabemos lo que necesitan para sentirse cuidados.

Es una relación compleja. Alguien que ha sido dueño de sus actos gran parte de su vida de repente ven como las decisiones que les atañen a él recaen sobre otra persona. Dice la psicóloga Ana Laura Morales que la autonomía es una necesidad psicológica fundamental. Un factor que influye en el bienestar de las personas.

Según esta psicóloga, el cambio de rol, de una persona que ha sido tutor y que por la edad y las condiciones de salud pasa a ser tutelada, debe efectuarse de una manera respetuosa y consensuada. El diálogo debe ser la base sobre la que se establece esta relación.

Por esta razón, a no ser que sea imposible, porque el deterioro cognitivo está muy avanzado. Siempre hay que tener en cuenta la opinión de la persona mayor en cualquier decisión que se vaya a tomar respecto a su vida.

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