Y seguimos tropezando en el mismo punto

Hace unos días  estuve hablando con mis amigos sobre un chico joven, un conocido de uno de ellos, que ha perdido los dedos de la mano derecha trabajando en una fábrica de aluminio. Por lo visto se atascó una máquina de corte y, a pesar de haber puesto el bloqueo, cuando metió la mano para desatascarla se puso en marcha y le cortó todos los dedos se la mano. El chico, que llevaba desde los 24 en la fábrica (tiene 34) ha dedicado 10 años a ese oficio y ahora mismo no sabría dónde buscar empleo y, más aún, cuando tiene una mano menos que el  resto de trabajadores en paro. Por eso está peleando por una pensión de incapacidad o algo similar que le ayude un poco a sobrellevar la situación.

Toda esa situación me hizo recordar a mi abuelo, un hombre trabajador e incansable que no se rindió ante nada ni nadie. También trabajaba en una fábrica y, como en aquel entonces no tenían las protecciones que hay ahora, fue perdiendo poco a poco la audición, como muchos de sus colegas de profesión, debido al ruido al que se veía sometido durante 8 horas diariamente. Llegó un punto en el que no oía prácticamente nada y tenía apenas 55 años por lo que no podía seguir instrucciones de sus superiores ni comunicarse bien con sus compañeros y, había incluso días en los que no escuchaba claramente ni lo que se decía por megafonía. Eso provocó su despido con casi 56 años y buscar trabajo a esa edad era complicado.

Por aquel entonces, mi padre ya  contaba con 20 años y empezó a trabajar de electricista y a ayudar en casa pero su objetivo era casarse con mi madre en tres o cuatro  años y tener que dar todo lo que ganaba dificultaba el ahorro, por lo que mi abuelo, decidido a no rendirse, siguió pateándose toda la ciudad buscando a alguien que le diera un puesto de trabajo y lo consiguió, en un horno panadería de esos de antaño. No oía nada de lo que decían pero el dueño del horno le enseño a hacer pan, bollería, dulces, cocas y mil cosas más y mi abuelo, que ya no necesitaba escuchar mucho, se ponía a trabajar de 5 de la madrugada a 13 y acabó jubilándose allí.

Aún recuerdo el día que conseguimos comprarle un audífono en condiciones en Innovaudiosa. Ese día fue el primero en el que me escuchó a mí por primera vez nítidamente, a su nieta, y recuerdo que me llenó de besos  y se le caían los lagrimones.

No hemos avanzado nada

Pero lo que me indigna de todo esto es que la situación del chaval este, el de la mano, debería ser mucho mejor que la de mi abuelo porque han pasado 30 años y, supuestamente, todo debería haber cambiado favorablemente y, sin embargo, el pobre chico ha recurrido a los abogados de incapacidadlaboral.info para poner una reclamación e incluso, si llegara el caso, una demanda, para poder conseguir una pensión o una indemnización por los daños sufridos que le permita seguir hacia adelante si ir con el agua al cuello.

Esto, lo único que demuestra, es que aunque en muchos aspectos la situación laboral de los trabajadores haya mejorado desde entonces, aún hay muchos otros en los que la precariedad es la base de la pirámide y eso, en pleno siglo XXI, lo único que hace es darme pena y asco a partes iguales. ¿Cómo puede ser que ese chaval esté viviendo una situación similar a la que vivió mi abuelo hace tantos años? ¿Es que no hemos aprendido nada? Me parece indignante que esté ocurriendo todo esto pero últimamente veo tantas cosas indignantes que ya no sé qué pensar ni hacia dónde mirar para sentir que aún hay algo de esperanza.